jueves, 23 de julio de 2009

El nombre Justo Sierra


“Y aquel hombre que parecía caído, cuando se desvaneció la tempestad y los corazones de la generación nueva se volvieron a la luz, se alzó alto, muy alto, cada vez más alto, con la impetuosa potencia de un poderoso talento y de su bondad infinita. Ahora su figura atraviesa, blanca y radiante, sobre el tumulto de las almas jóvenes, como sobre un encrespado Tiberíades. Su palabra vibradora conmueve en todas partes y es saludada con un aplauso al que sigue un reverente silencio; el discurso de la cátedra, la oración tribunicia, la arenga popular, entusiasman y admiran a la juventud que pocos años antes le recibió con gritos coléricos, y que hoy, al zarpazo del remordimiento, se agrupa alrededor suyo como diciéndole: Padre, perdón: estamos arrepentidos.”

Luis Urbina, Hombres y libros



Como citando el panegírico que la misma historia iba escribir en honor al maestro Justo Sierra Méndez; Luis Urbina, el discípulo, nos da una especie de retrato moral, donde condensa la personalidad del maestro así como la marca duradera de sus actos y sus palabras, que como las de los grandes hombres, se convierten no sólo en lecciones del pasado para los que se atreven a mirar la historia sino en ejemplo y motivo de gran respeto para sus mismos contemporáneos, incluso para los adversarios.

El 12 de noviembre de 1884 Justo Sierra sube a la tribuna de la Cámara de diputados para argumentar en favor de un convenio para pagar la deuda que se había contraído con los ingleses, convenio propuesto por el Ejecutivo, presidido entonces por Manuel González. Para no abundar en los detalles de la discusión, sépase que la medida, defendida por Sierra entre otros, era por demás impopular. Salvador Díaz Mirón, representando la postura contraria, había precedido al maestro de la Escuela Preparatoria y diputado Sierra en su turno ante la tribuna. Sierra expresaba “es difícil, señores diputados, seguir paso a paso las razones elocuentísimas vertidas en un lenguaje artístico y poético por el orador que me ha precedido en el uso de la palabra. Ciertamente, si hay algo que pueda turbarme en esta cuestión, es encontrarme frente por frente de una de las genialidades más poderosas que han aparecido en el horizonte de la poesía nacional” (V-102).

Sin embargo, la impopularidad de su postura no le había impedido mantener su leal convicción con lo que consideraba que era la mejor decisión en torno al asunto para la nación, y así, advertía que: “si nuestra reputación y nuestra simpatía tienen que naufragar, bueno será que no naufrague con ellas nuestra conciencia, el sentimiento que tenemos de lo que es verdad” (id.). Sierra, valiente, no cedió a las provocaciones y la calumnia, ni aun cuando en la misma Escuela Preparatoria fue emboscado por los escolares para hacerlo presa de “un grito unánime, ruidoso, prolongado, con acompañamiento de silbidos, de imprecaciones de ira y también de ademanes amenazadores”. Éste era el carácter, fuerte y prudente del maestro Sierra que, ante los vilipendios, respondía con argumentos y serenidad.

Años después, en abril de 1910, Sierra, presentándose ante la Cámara, ahora como Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, al hablar del proyecto próximo a concretarse de la fundación de la Universidad Nacional; explicando a los señores diputados la organización de la nueva institución, señalaba la importancia de la participación de una representación estudiantil en el Consejo Universitario. Reconociendo el “temor de que la deficiencia natural de juicio suficiente en los estudiantes los convirtiese dentro del Consejo Universitario en elemento subversivo, que pudiera alterar los fines de la Universidad” (V-424); habiendo vivido en varias ocasiones los efectos de la pasión de esos indómitos y ardientes adversarios, a pesar de la amarga experiencia personal; todo ello no le impidió defender la causa que consideraba más justa para la organización de la Universidad que estaba por nacer.




Poeta, escritor, periodista, político, maestro; ¡tantas facetas de Justo Sierra y con suerte tenemos alguna vaga noción de una de ellas! Héroe, sí, y fundador de la Universidad Nacional. Hombre ilustrado y progresista, que no profesaba ninguna doctrina incondicionalmente, salvo la de la justicia y la verdad. Hay mucho qué decir de él, como de otros grandes hombres. Hay mucho que aprender. Por cierto, su cátedra era la de historia, y estaba convencido de que el reconocimiento de los aciertos de nuestra historia, en todos los ámbitos, debía ser un culto que al ser profesado rigurosamente traería los mayores beneficios; no solamente en la esfera de la riqueza material de la nación, sino, más importante aún, en la conformación del carácter de un pueblo.

El maestro Sierra vino al mundo siendo el primer hijo varón del doctor Justo Sierra O’Reilly – destacado político y hombre de letras de la península de Yucatán, de quién también hablaremos (¿por qué no?) más adelante- el 26 de enero de 1848, en la ciudad de Campeche. Respetado desde temprana edad por sus éxitos literarios; después, inmerso en la efervescencia política de la época ayudó a guiar la conciencia nacional con el impecable ejercicio del periodismo; tuvo la oportunidad de luchar, siempre intentando mantener la paz que el país necesitaba, desde la Cámara; después, de consumar sus más grandes proyectos de educación nacional.

Este es el hombre que una vez se preguntó: “En cuanto a mí, compatriotas, os juro por la sombra sagrada de don Justo Sierra, que no imagino, que no adivino, cuál obra pudiera yo realizar, cuál gloria conquistar, con cuál empresa avasallar la fama, que fuese capaz de producir en mi una satisfacción semejante al orgullo santo de llevar el nombre que llevo” (V-372).

La numeración romana se refiere al tomo correspondiente de las Obras completas de Justo Sierra, el número arábigo a la página en el volumen.

3 comentarios:

Carolina dijo...

Con todo y que tu reseña me parece bastante buena, creo que si el título alude a una comparación, la argumentación debería incluir algo del Che Guevara para que en efecto fuera válida.
Personalmente el nombre es lo que menos me importa, ambos hombres fueron ilustres y tienen méritos por enumerar, si bien el nombre Justo Sierra es más ad'hoc a la naturaleza del recinto (por ser ante todo un hombre de la universidad) creo también que Ernesto Guevara condensa mucho del espíritu de los jóvenes universitarios.
Ojalá se invierta más tiempo en acciones concretas para recuperar el auditorio para la comunidad universitaria, y menos en validar o invalidar lo que la Okupación ha hecho en dicho recinto.
Pues el argumento prinipal, a mi parecer, es que el recinto nos pertenece a todos y no sólo a unos cuantos.
La invalidación de lo que los okupantes han hecho no validará más este argumento, sólo pondrá un ambiente de violencia innecesario.
Saludos
Carolina

Ivo Basay dijo...

Hola Carolina, agradezco tu comentario. El título de la entrada, no aludía aquí a una comparación. Más bien pretendía hacer un juego de palabras, siendo que al final de la entrada refiero las palabras del mismo Justo Sierra en un discurso en el que rinde homenaje a su padre que tenía el mismo hombre. Como para decir: miren lo que se preguntaba Justo Sierra, acerca de qué obra podría realizar para llegarle un poco a la estatura a su padre. Y la obra, según yo, la consiguió: la Universidad.

Sí tenía la intención de hablar sobre Ernesto Guevara. Por aquellos meses no tuve tiempo. Otro de mis compañeros lo hizo desde cierto enfoque (que no le agradó a muchos). En otras entradas con la eyiqueta "Justo Sierra" trato de justificar el porqué hablar de él aquí.

Respecto a cómo invertir el tiempo: sí, claro que hay que pensar en acciones concretas. La intención del blog era romper el silencio para que las voluntades afines a la nuestra buscaran (como lo hemos hecho nosotros) sus propios caminos de acción. Afortunadamente eso está cuajando poco a poco.

Sin embargo veíamos difícil que sin hacer una denuncia clara y de manera sistemática sobre las acciones de los ocupantes era difícil que alguien quisiera llevar a cabo acciones concretas. Hay que tener en cuenta que los diversos grupos ocupantes del auditorio durante estos 10 años han sido los que han puesto la violencia sobre la mesa y eso hay que denunciarlo. No me dejarás mentir si digo que la gente que los apoya probablemente no lo haría si fuera conciente de todo lo censurable en lo que han incurrido los pseudo-revolucionarios.

Paloma dijo...

Excelente, me gusto!!!