domingo, 26 de julio de 2009

Conversaciones del domingo

Conversaciones del domingo fue el título de una colaboración semanal de Justo Sierra al periódico El Monitor Republicano (México 1846-1890). En ese entonces la fama de Sierra provenía de sus dotes poéticas; el joven, que entonces contaba con apenas veinte años de edad vio aparecer sus Conversaciones en el folletín que le confió el periódico del 5 de abril al 20 de septiembre de 1848.


Se preguntará el lector de este blog a qué viene el fervor por Don Justo últimamente (aparte del hecho obvio de ser "Justo Sierra" el nombre del auditorio por cuya recuperación claman los autores de este sitio). Pues bien, desde un punto de vista personal, y por ello parcial y quizás de cuestionable objetividad; podría aducir razones por las cuáles me parece que la figura de Justo Sierra encarna de mejor manera el carácter; que misión es de los universitarios conformar, mantener y portar honorablemente; de una de las facultades de estudios humanísticos más importantes de latinoamérica. Y no sólo de la Faculta de Filosofía y Letras sino de la Universidad misma como proyecto nacional de progreso científico y cultivo del humanismo. Pero en lugar de perderme en laberínticas argumentaciones, que lo serían no por la naturaleza de la cuestión sino por mi incapacidad actual por presentarla de mejor manera, prefiero dejar un espacio en este sitio de la red para la lectura de algunos fragmento de la obra del célebre Maestro.


No se trata de hacer proselitismo web para cambiar la denominación popular que ha adquirido el viejo "Auditorio de Humanidades". No se trata de una polémica reductible de manera simplista a la oposición entre la jueventud rebelde y la autoridad conservadora. Yo simplemente quiero difundir lo poco que he aprendido estudiando en los últimos días la vida y la obra de Don Justo. Quizás cada uno de los grandes ejemplos del pasado constituyan un guía, una luz, en el turbulento futuro que espera a las universidades como la nuestra. Así pues, a continuación les presentaré un breve fragmento de la primera de las Conversaciones del joven Justo, simplemente para que, si no habían tenido ya el placer, le vayan conociendo.


Tenéisme
aquí a vuestras órdenes casi a la puerta de este extraño edificio que se llama un periódico. Allá arriba discuten y enseñan los hombres serios. Aquí dispondremos del "confidente", y con la charla descuidada y fácil, tal vez conseguiremos pasar algún rato de contento. Fumaremos cigarros encantados y en sus largas espirales de humo sorprenderé algún perfil etéreo, que evocaré con mi vara de avellano, para humanizarlo a nuestra vista. Lo veréis, entonces, lo veréis pasar, sentiréis su sereno aliento, os dirá sus secretos al oído, y querréis tocar con vuestra mano los pliegues de su túnica de espectro.
Creedlo. Soy un escapado del colegio que viene rebosando ilusiones, henchida la blusa estudiantil de flores, y encerrados en la urna del corazón frescos y virginales aromas; frescos y virginales como los que exhala la violeta de los campos.
He allí mi tesoro, he allí lo que compartiré con vosotros. ¿Hago mal? Puede ser. Pero ¿cómo impediríais al impetuoso manantial estrellar sus aguas cristalinas en las peñas y correr empañado por el suelo?
La mano del invisible traza un sendero; por allí vamos...
Traigo de mis amadas tierras tropicales el plumaje de las aves, el matiz de las flores, la belleza de la mujeres, fotografiadas en mi alma.
Traigo al par de eso, murmullos de la ola, perfumes de brisa, y tempestades y tinieblas marinas, y el recuerdo de aquellas horas benditas en que el alba tiende sus chales azul-nácar, mientras el sol besa en su lecho de oro a la dormida Anfitrite.
Todo eso y algo más os diré, amados lectores; acaso logre agradar a aquellos de vosotros para quienes aún guarda ángeles el cielo y colorido la naturaleza.
Me he bajado aquí, al folletín, para hacer la tertulia, porque ¿qué queréis? Allá en el piso alto no puedo veros de cerca, ni arrojar, niñas, una flor a vuestros pies. Y luego me gusta estar próximo a la calle para poder escaparme a mi capricho, que asaz antojadizo me hizo Dios, y ratos tengo en que detesto las ciudades, me marcho a la pradera, y gusto de trepar a alguna altura desde donde se dominan las colinas, y donde al cabo llego a forjarme al ilusión de que veo inmóviles las olas de esmeralda de mi Golfo.
¿De qué os hablaré? ¿Acaso de literatura; o de filosofía, tal vez de política? Un poco de todo. Pero no os alarméis con los nombres solemnes que acabo de escribir. Propóngome haceros gustar, cuando se ofrezca, alguna de esas cuestiones delicadas y enfadosas, como si saboreaseis algunos bombones.
Platicaremos, es cuanto, [sic] y para que la conversación sea agradable; dejadme variárosla.
Ya, si os disgusta, tendréis medio de manifestármelo.
Por lo que va dicho, seguro estoy de haberos infundido la creencia de que mi plan es incierto, si plan hay. Yo lo confieso; pero ¿creéis también que el libro del mundo está leído de la una a la otra pasta, y que soy incapaz de encontrar una hoja inédita para vosotros? No puedo jactarme de tal hallazgo; sólo sé que ancho, anchísimo es el campo, y desconocido el porvenir.
Dejadme hoy hablaros un poco de este piso bajo, donde han nacido tantos ingenios que son como florones de oro realzado en la rica tela de las literaturas extranjeras.
Reconoceremos juntos el terreno donde de hoy en más habitaré y en cuyas ventanas colocaremos tiestos plantados de esas parietarias amadas de las alondras y que producen lindas florecillas de coral desde que las brisas tibias anuncian la proximidad de mayo.
El folletín es plebeyo; no busquéis su origen en los tiempos de trono y altar; ni siquiera en el siglo XVIII, en que el cetro y la mitra mal disfrazaban la mancebía.
El folletín es hijo de nuestro siglo, y en él se han reflejado, se reflejan aún, la agitación, la lucha, las tendencias utópicas, el dolor, la ciencia y las esperanzas que son el terrible patrimonio de esta edad.
Cuando a fines de la última centuria hizo explosión la mina cavada lentamente bajo el pedestal de una sociedad decrépita; cuando la revolución fué y quiso el cielo que el hombre destinado a propagarla dejara al hundirse, como un legado forzoso, las nuevas ideas, para quienquiera [que] recogiese su herencia, nació en Francia, país eminentemente conservador, el folletín tal como hoy lo conocemos, y a la par que las Recamier y las de Broglie, mujeres encantadoras, agrupaban en torno suyo a los representantes de la literatura del país, en sus para siempre célebres salones.
Desde entonces fué esta de que nos ocupamos una parte integrante de todos los periódicos notables de Europa. Consagrada primitivamente a la crítica literaria, muy luego tuvieron cabida en ella revistas, causeries, cuentos y novelas. Los folletines de algunos diarios franceses han hecho la fortuna de los Dumas, de los Süe y otros muchos...
... En México, si no nos engañamos, los folletines sólo han sido destinados a novelas u otras obras más o menos útiles o agradables; nunca a la clase de producciones en que entrarán nuestras labores.
Hacemos sin duda una innovación en la prensa nacional, y emprendemos una tarea quizá superior a nuestras fuerzas; pero protestamos que osadía tal, sólo ha sido motivada por el deseo vehemente de agregar nuestro insignificante impulso al movimiento, que gracias al celo de inteligencias superiores, parece efectuarse en la capital, y que si adquiriese definitivamente un carácter positivo y durable, pronto marcaría sus consecuencias en todo el país...


Justo Sierra, Obras Completas, T. II, p. 69 y ss.

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