jueves, 25 de abril de 2013

Quién criminaliza una protesta.

La tarde de ayer en las afueras de Rectoría, como en ocasiones anteriores ha sucedido ya, los activistas replegaban a los medios de comunicación. Aseguran que la opinión pública se ha volcado en su contra debido a la desfavorable imagen que estos han generado con respecto a su causa.

La imagen de nuestra Universidad y de nuestros estudiantes resulta injustamente castigada por varios factores. Merece consideración reflexionar en torno a quiénes hemos sido responsables del deterioro de dicha imagen.

1) Es un hecho observable que en los distintos campus universitarios se presenta el consumo y venta de estupefacientes.

2) Es el caso que existen matriculados que se ajustan a la siguiente descripción: Incumplen con holgura con sus respectivos planes de estudios y dicho incumplimiento no tiene origen en la falta de recursos materiales tanto como lo tiene en la falta de interés por estudiar.

3) Existen en los distintos campus universitarios espacios enajenados por particulares y que sirven a los intereses de estos antes que a su fin como patrimonio de la Universidad.

Estos tres son elementos observables. Cualquier miembro de la comunidad universidaria puede dar constancia de ello y de que no son invento de los medios de comunicación.


4) Algunos activistas han manipulado la protesta social como un fuero para la impunidad.

Al amparo de la consigna de "no represión" algunos activistas se han conducido con impunidad cuando menos a través de los últimos diez años, y con frecuencia ajustándose a la descripción de los incisos 1, 2 y 3.

Tal es el caso con los activistas que ya mismo mantienen la toma de Rectoría: Entre sus demandas se encuentra la absolución de las sanciones por parte del tribunal universitario con respecto a los actos vandálicos ocurridos en Febrero en CCH Naucalpan (no es una exageración que prendieron fuego a las instalaciones, golpearon a profesores y trabajadores y algunos fueron rociados con gasolina).

Quienes criminalizaron la protesta fueron ellos con sus acciones criminales.

La responsabilidad con respecto a estos elementos que dañan la imagen de nuestra Universidad recae sobre los agentes que llevan a cabo estas acciones y las autoridades que se los han permitido.

Los enemigos de la educación pública no tienen que estar exclusivamente fuera de la Universidad, pues como universitarios tenemos el potencial para ser sus mayores detractores o sus principales promotores. Desde mi punto de vista la toma de rectoría es mucho menos grave que lo sucedido en CCH Naucalpan en Febrero y lo que viene sucediendo desde hace más de diez años en el Auditorio Justo Sierra, y es consecuencia directa de la permisividad ostentada en estos dos hitos y los tres elementos que demeritan la imagen universitaria antes mencionados.


Si luego de la toma de Rectoría finalmente las autoridades universitarias decidieran que la legislación universitaria debe cumplirse para todos y que nadie en el interior de la Universidad tiene fuero para romper la ley al amparo de la protesta social o la mentira de la extraterritorialidad dentro de los campus universitarios, entonces todo lo que podemos hacer es dar las gracias a los activistas por sacar las cosas el punto de confort en que permanecieron a través de los últimos diez años.

Sinceramente deseo la liberación de Rectoría y de todos los espacios enajenados a la universidad de forma pacífica, y que nunca haya un enfrentamiento entre universitarios. Si fuera el caso que el desalojo hubiera de hacerse por la fuerza -tal como la toma se ha hecho siempre por la fuerza-, se atendiera también a la mesura por todas las partes involucradas.

2 comentarios:

Reinerio Ramírez Pereira dijo...

interesante

Helena Mateos dijo...

Estoy completamente de acuerdo. El amparo bajo la bandera de los represaliados no es más de una máscara de los que se imponen injustamente, mermando los derechos de uso común de un espacio que pertenece al universitario.
Creo que un proceso de diálogo y debate debería comenzar a abrirse, pero dejando de lado las etiquetas fútiles en las que tan cómodamente se respaldan.
No obstante, no puedo dejar de ser escéptica ante la posibilidad de apertura al diálogo por una de las partes, y el interés y el esfuerzo de la otra.