Ahora que están de moda los sindicatos y que la UNAM entró en paro de un día gracias a que los conscientes miembros del STUNAM concluyeron que ése era el mejor modo de apoyar al SME (después de, estoy seguro, horas de intenso raciocinio), les presentamos hoy un artículo del filósofo Alejandro Rossi. El artículo es de hace muchos años. Más de uno se preguntará la relevancia de publicarlo en este espacio de crítica a la okupación del auditorio Justo Sierra. Pensamos que tener presentes los principios que sustentan la tarea de nuestra Universidad en la Nación tienen como consecuencia no sólo estar conscientes de lo inadmisible de la okupación sino estar conscientes de otros problemas... pero de eso hablaremos otro día.
Vea aquí el boletín de la Dirección General de Comunicación Social de la UNAM.
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La minoría prepotente
Junio es un mes cruel para la Universidad. Las primeras lluvias, la humedad creciente, el olor a tierra mojada tal vez desencadenen urgencias obscuras e incontrolables, delirios napoleónicos, fantasías leninistas, visiones heroicas aunque un poco estúpidas, fiebres martiriales y también deseos de sentarse en los corredores vacíos de las facultades y cantar juntos -durante las frígidas horas de la madrugada—alguna tristísima canción boliviana o una linda cueca chilena. Acepto la importancia de esas emociones nocturnas, pero reconozco que a veces conviven con las ideas más bobas. Guardemos las guitarras y olvidemos por un momento el brillo de los ojos. En el conflicto universitario hay algo más que cabelleras al viento. Hay –esto es lo esencial- una minoría que pretende imponer un proyecto académico y político. El Sindicato del Personal Académico de la UNAM (SPAUNAM) era una minoría en Junio de 1975 cuando exigió la firma y, claro está, la titularidad de un insensato contrato colectivo. En Junio de 1977 sigue siendo una agrupación minoritaria: sus afiliados no pasan de 3500. Y el personal académico de la Universidad de México llega casi a los 18,000. Durante parte de 1975 -lo admito- el SPAUNAM intentó, aunque desganadamente, ganar adeptos por medio del convencimiento y las explicaciones. Pero muy pronto abandonaron ese camino y eligieron -16 de Junio de 1975- la técnica de la fuerza, es decir, la huelga minoritaria, es decir, las barricadas, es decir, las consignas ampulosas y el desprecio por la opinión de las mayorías. Es muy fácil paralizar la Universidad: son suficientes unas cuantas piedras para que no transiten los automóviles y unas cuantas personas en las entradas de las escuelas y facultades. A eso se le llama -en la corrupta semántica del SPAUNAM- una huelga universitaria. El multado de aquel proceso fue la firma de las llamadas “Condiciones Gremiales del Personal Académico”: de un lado los representantes de la Universidad y del otro el SPAUNAM y un conjunto muy variado de Asociaciones. En esos acuerdos la Universidad logró -aunque hubo sin duda algunos deslices menores- deslindar los aspectos académicos de los específicamente laborales. Los primeros, para usar la terminología aceptada, no eran negociables; en cuanto a los segundos, se establecía un procedimiento de revisión. El SPAUNAM, con buen olfato publicitario, desenfundó las guitarras, llamó a sus oradores y les recomendó que convirtieran un triunfo parcial en una victoria aplastante. Y que, por favor, no dejaran de mencionar la inevitable “aurora roja” y la “gallarda juventud”.
A finales de Junio de 1975 todo indicaba que el SPAUNAM se transformaría con el tiempo en la agrupación académica más poderosa dentro de la Universidad. Le sobraban ventajas: franco apoyo gubernamental, ayuda decidida de la dirección del STEUNAM -el Sindicato de los Trabajadores y Empleados Administrativos- y, naturalmente, del Partido Comunista. Una curiosa combinación de pornografía política. Por otra parte los dirigentes del SPAUNAM dedicaban su tiempo completo al trabajo sindical, una vocación honorable, de acuerdo, pero diferente a la enseñanza y a la investigación. Parecía, pues, que las otras Asociaciones –surgirdas casi todas ellas como reacción al SPAUNAM e integradas por profesores más interesados en el trabajo académico que en el activismo político- no podrían competir frente a una organización profesional que contaba, además, con padrinos tan robustos. Parecía, digo, que el SPAUNAM, más allá de intenciones subjetivas, se encontraba en una posición privilegiada para alcanzar la hegemonía sin necesidad de otros actos de fuerza. Y, en efecto, al reunirse el SPAUNAM y las Asociaciones en enero de 1976 con el objeto de revisar los salarios, el Sindicato del Personal Académico presentó el mayor número de afiliados: 3263 contra 2965. Y por consiguiente, -así se había pactado en las “Condiciones Gremiales”- ejerció la representación del personal académico. Ni las autoridades universitarias ni las múltiples Asociaciones objetaron ese resultado. Fue, tal vez, el momento estelar del SPAUNAM. Una situación favorable que no supieron consolidar a lo largo de 1976. Es posible que les aburriera la lenta y cotidiana tarea de convencer a sus colegas universitarios; es posible que carecieran de buenos argumentos, pero también es posible que en el fondo despreciaran esos métodos y sólo creyeran en la técnica de la intimidación y en la política de las alianzas externas. En una palabra: no entendieron la lógica de la lucha sindical universitaria y actuaron como una vanguardia de partido. La clientela ultraizquierdista -incómoda incluso para el SPAUNAM- aceleró el proceso. Al confrontar nuevamente sus votos en enero de 1977, el SPAUNAM resultó minoritario: acreditó 3547 agremiados contra 5139 de la coalición de Asociaciones. No aceptó la derrota y entre aspavientos y amenazas desconoció los Acuerdos de 1975. Sin duda pensaron que la democracia es válida sólo cuando yo gano. Desde ese momento renunciaron definitivamente a la legitimidad mayoritaria y recurrieron por segunda vez a la prepotencia política. “¿Qué hacer?” se habrán preguntado imaginándose que también ellos viajaban hacia Finlandia en el famoso tren blindado. ¿Qué hacer, en efecto? Tácticos instantáneos -el pensamiento retrasa la acción- el primero de abril anunciaron la buena nueva: nos fusionamos con el STEUNAM para constituir un Sindicato único, el STUNAM, y reclamamos la firma de un contrato colectivo que incluye el del antiguo STEUNAM y aquel otro -adjetivo más, adjetivo menos- que no pudimos imponer ni en 1975 ni tampoco hace dos meses. ¿No quieren firmarlo? Está bien. El 20 de junio entramos en huelga.
Con esa decisión la directiva del STEUNAM se ha jugado cinco años de progresivas conquistas laborales. La explicación no debemos buscarla ni en la caridad sindical ni en la defensa de sus agremiados. Los trabajadores y empleados de la Universidad nada obtienen con la creación del nuevo sindicato. No creo exagerar si escribo que el noventa por ciento de ellos ignora las causas de la huelga. Los dirigentes del STEUNAM perpetúan así las prácticas autoritarias del sindicalismo oficial mexicano. La misma escuela, la misma letra, el mismo lema: yo pienso por ti. No hemos avanzado. En este caso lo importante es recalcar que la huelga estalló por una resolución de la dirección del Sindicato y del Partido Comunista. La “base” no intervino. No hay estrategia sindical, hay estrategia de partido. El SPAUNAM, sin embargo, no renuncia al lenguaje democrático. Según ellos, la fusión con el STEUNAM los ha convertido, automáticamente, en una mayoría. Soberbio ejemplo -imagino- de aquel inolvidable “salto cualitativo” que tanto impresionó a Cantinflas y a Beria. Esa broma sugiere que aún las más maliciosas almas liberales debieran inclinar la cabeza y aceptar, con mansedumbre electoral, la contratación colectiva del personal académico. Pero la realidad, para suerte o para desgracia nuestra, es menos mágica: si el SPAUNAM es minoritario respecto a los profesores e investigadores de la Universidad, no puede decidir quién será el representante legal de la totalidad del personal académico. Es terrible, lo sé, pero una minoría es una minoría. No puede decidir, por consiguiente, que un nuevo Sindicato, compuesto por el STEUNAM y por un grupo de profesores, sea el que ejerza la titularidad de un contrato colectivo que abarca -perdónenme la repetición-- al conjunto del personal académico. Ni el STEUNAM -porque no le compete-, ni el SPAUNAM -por ser tan pocos- pueden ordenar que se tomen en cuenta los votos de los trabajadores para resolver asuntos académicos. La conclusión, entonces, no es difícil: el SPAUNAM no busca la unión sindical para legalizar de alguna manera sus peticiones, sino para tener mayor fuerza. Para forzar la puerta que sus 3,500 votos le cerraron. Para poder entrar en huelga.
El anterior gobierno es en gran medida, el responsable del conflicto actual. Por un lado fomentó el sindicalismo universitario -quizá para llevar a cabo su eficacísima lucha contra la derecha- y, por otro, impidió que se legislara sobre las relaciones laborales. Durante más de cuatro años el rector Soberón ha padecido esa contradicción que sólo procrea aventurerismo político. Ignoro cual será la solución del problema universitario. Pero sí sé lo que quiero: que no se imponga la minoría prepotente. Espero, además, que el gobierno entienda que la Universidad no debe entrar en ninguna estrategia de reforma política y espero, sobre todas las cosas, que no haya violencia.
Alejandro Rossi
1 de julio,1977
Publicado en Vuelta, número 9, agosto de 1977.